Yo era una madre joven de un niño de dos años aproximadamente, cuando un día me di cuenta que estaba esperando un nuevo bebé, una nueva alegría, otro hijo.

Cuando hice la primera visita al médico,  tras  el reconocimiento rutinario, las pruebas  y análisis oportunos, el médico nos comunicó a mi marido y a mí que el bebé venía con bastantes problemas, y dada la situación, este era un caso en el que la ley permitía el aborto, pues no se podía saber qué tipo de malformación podría tener. Evidentemente ni mi marido  ni yo lo dudamos en ningún momento, era nuestro hijo e íbamos a luchar por él.

 Durante todo el embarazo, que ya os podéis imaginar cómo fue, toda la familia vivió en oración continua, recuerdo una tía  mía –la tía Manola-, que se puso un rosario al cuello (cuando no se había implantado aun esa moda), y cada vez que se acordaba de nosotros, rezaba un Rosario a Nuestra Señora, para que todo siguiera adelante sin mayores consecuencias, pues yo tenía un porcentaje muy elevado de sufrir un aborto espontáneo debido a la situación y circunstancias del bebe. Gracias a Dios el embarazo llegó a término, a pesar de todo.

 Llegó el momento del parto, momento de miedo y alegría que se entremezclaban, pero puestas nuestras esperanzas en Dios, sabíamos que lo que estaba a punto de venir era nuestro hijo, y daba igual en esos momentos los posibles problemas que pudiera traer, era nuestro hijo, e íbamos a luchar por él con todas las fuerzas para que fuera un niño feliz.

 Al fin nació, era un niño precioso y aparentemente era un niño “normal” aunque ¿qué es un niño normal?, ¿a quién llamamos normal?, cada persona es especial y distinta, algunas pueden ser algo más independientes y otras pueden necesitar más de los demás,  pero la normalidad solo puede definirla Dios: así que con todo esto,  ya estábamos con nuestro hijo.

 Tras los reconocimientos pediátricos se nos confirmó lo que en el fondo ya sabíamos que iba a suceder, el bebé tenía una serie de deficiencias que habría que tratar para mitigarlas un poco; inmediatamente comenzamos a movernos para encontrar todos los especialistas necesarios en su rehabilitación, pues a pesar de que en los primeros meses, todo iba con normalidad, llegado el momento en el que los bebés empiezan a hacer sus primeras gracias, nuestro hijo daba  muestras de su dificultad para comunicarse.

 Pasan los meses, y el pequeño evoluciona excesivamente lento, aun llevándolo al psicoterapeuta, a la psicóloga y a la pedagoga.

 Para gran sorpresa de todos, en un momento determinado, sorprendentemente comienza un avance realmente inesperado y digamos milagroso.

Comentando esta evolución milagrosa, mi padre empezó a llorar, y nos contó que esto era el milagro que él había pedido con toda devoción a San Pedro Poveda.

 San Pedro Poveda obró este milagro en mi hijo, era el premio que Dios nos concedió por haber luchado y por  haber dicho no al aborto, todo gracias a la fe de mi padre, una fe sencilla pero profunda (como a él le gustaba decir)

 El pequeño ya no era un bebé, era un niño inquieto que a pesar de su dificultad, luchaba él mismo por no quedarse atrás en la evolución.

 Es estudioso y trabajador, siempre está dispuesto a ayudar a los demás, es un ángel que Dios ha puesto entre nosotros, para decirnos que todos somos necesarios, y que ellos –los ángeles- nos enseñan con su comportamiento a ser mejores personas cada día.

 Fue pasando el tiempo y el niño se ha convertido en un joven luchador que nunca se ha venido abajo, yo sé que en su  interior habrá tenido momentos duros que nunca nos ha  querido  contar para no hacernos sufrir, esos momentos lo han hecho más fuerte, pero esa es otra parte de la historia que dejo para que él mismo la cuente.

Una madre.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies